9 de agosto de 2010

Les propongo un juego

Hace un tiempo ya, será unos meses, que quería participar de algún tipo de juego cuyo sistema consistiese en el ejercicio de la escritura o alguna destreza literaria similar. Tras una infructuosa búsqueda en Internet, había desistido.
Sin embargo, tiempo después, a Sole le confirieron en su colegio una tarea que sonaba por demás interesante: Básicamente le proporcionaban seis ideas/frases, a partir de la selección de una de las cuales debiera componer alguna pieza en forma de cuento o narración.
Automáticamente desarrollé una idea traviesa. Una vez le devolvieran la consigna, podría pasarme las seis ideas y yo compondría un escrito en base a la misma idea seleccionada, a fin de comparar ulteriormente los resultados.
Dicho y hecho, realizamos hasta el día de hoy tres de las ideas.
Y la propuesta a ustedes, fieles lectores, es la siguiente:
Seleccionen una de las seis ideas, y, sin leer los escritos ya finalizados, se animen a componer la propia, para luego agregarla. Como todo juego, éste también tiene sus reglas.


1) A partir de la selección de la frase o idea, tienen unos cinco o diez minutos para prepararse. Luego de eso, cuentan con cuarenta minutos para desarrollar el texto. Esto es porque originalmente la tarea fue dada en clase y el desafío consistía en que quedaban veinticinco minutos antes del recreo. Para alivianar un poco ese peso, extendemos el límite unos minutos más, pero ojo: No es obligatorio, si se llegase a superar el tiempo, no está mal; pero cuanto más rápido y de un tirón salga la historia, mejor.
2) No hay límites mínimos ni máximos en la extensión de las narraciones.
3) La frase/idea no debe aparecer como una oración transcripta en el texto, aunque está permitido.
4) Están permitidos todos los géneros y tipos de narraciones. Exhortamos a la liberación creativa y a la exploración de posibilidades.
5) Está prohibido leer los textos realizados antes de comenzar el propio. Por un lado, no queremos que al realizar la nueva pieza, ésta sea forzosamente distinta a las anteriores. Por el otro, no queremos ni influir ni limitar y nos gustaría que cada creación sea absolutamente pura.

6) Dejen sus resultados en los comentarios del post.


Elige una de las siguientes propuestas para narrar:

1. Todo empezó en el túnel, en ese oscuro pasadizo de tres dimensiones: Húmedo, solo, tétrico.

2. Me levanté sobresaltado/a pensando que mi vida no podía seguir así, sin motivos, sin ilusiones.

3. Llegué a la esquina y tropecé con un hombre que se parecía mucho a mí, diría que casi era mi clon.

4. La lámpara de Aladino había desaparecido y Caperucita Roja era la principal sospechosa.

5. Los Tres Chanchitos corrían por la pradera porque el lobo los perseguía gritándoles guarangadas.

6. Blancanieves con ayuda del Príncipe decidió acabar con el monopolio de la industria de las manzanas.


Con Sole hicimos las ideas 3 y 5, con un fallido intento por la 6. Les dejo a continuación lo que resultó.


Idea 3, por Sole

Llegué a la esquina y tropecé con un hombre que se parecía mucho a mí, diría que casi era mi clon.
“El segundo esta mañana” pensé, mientras acomodaba mis manos en los bolsillos del impermeable.
Caminando, aún más encorvado todavía, crucé la calle.
Ya había llegado.
Me paré frente al descomunal edificio y entrando a través de la puerta vaivén, me crucé con otro que avanzaba en sentido contrario. Se sacó el sombrero y amablemente con una sonrisa mecánica me dijo:
- Buenos días.
Sólo asentí con la cabeza y antes de verlo desaparecer en la inmensidad del tránsito, atiné a vislumbrar la placa identificatoria que llevaba prendida en la solapa del sobretodo: “Bob 1035”.
Caminé, sin mucho más entusiasmo, cruzando el lobby para abordar el ascensor y dirigirme al primer piso.
- Buen día – me dijo la recepcionista.
No respondí.
Entré en el despacho y esperé a que él llegara.

Abrió la puerta con una de sus mejores sonrisas y me vio sentado, sintiéndome ínfimo, en sus sillones de cuero.
Se sentó frente a mí y se cruzó de piernas, apoyó sobre su falda mi ficha y la leyó sin mayor detenimiento.
- Bueno, ¿Qué te trae por acá? – resolvió unos minutos después de leer.
Cerró la carpeta y me prestó atención.
- Esta mañana sentí que mis piernas no respondían correctamente.
Asintió con determinación, agarrándose la barbilla:
- No me parece extraño, según tu historial, en la fábrica cometieron algunos errores.
Aún con más confianza en sí mismo, se paró y se encaminó en mi dirección.
- El brazo – Me pidió, sin necesidad de aclaraciones, una vez que estuvo a mi lado.
Introdujo la contraseña, discando suavemente en la pantalla de mi antebrazo y yo sentí cómo todo en mi interior se desconectaba y cómo caía en una somnolencia forzada.
Siempre odié a los mecánicos y a todas sus revisiones innecesarias.


Idea 3, por Santiago

Los chicos parecieron realmente entusiasmados cuando sus dedos índices se alzaron al unísono para señalar al hombre que acabábamos de cruzar. Uno de ellos, con la euforia todavía brillando en sus ojos, me gritó “¡Era tu clon!”. Volví mi rostro rápidamente, emocionado ante aquella posibilidad, la del misterioso parecido físico con un total desconocido. Pero lo único que alcancé a ver fue una fugaz silueta desaparecer tras la esquina.
Entonces recordé por qué no había alcanzado a verlo. En un descuido, me había distraído hablando con uno de mis acompañantes. Al dejar de atender el camino, no había visto a una persona que venía en mi dirección. Sin embargo, un murmullo me había anticipado su llegada; luego sabría que habían sido comentarios sobre el parecido notado. Cuando miré, esta persona impactó contra mi hombro, pasando rápidamente. Lo que pensé en ese momento, sin llegar a enojarme, fue “¿Cuál es el apuro?”, pero ignoré ese pensamiento cuando uno de mis amigos se me acercó con la carcajada naciente y la expresión maravillada.
Cuando me volví y lo vi desaparecer muchas preguntas asaltaron mi mente… Nunca había visto así a mis amigos. Y por alguna razón no podía dejar de pensar en que el desconocido me había parecido de aproximadamente mi estatura y de igual color de cabellos. Pero, sobre todo, juraría haber reconocido su remera como una muy parecida a una mía. “¿Podría ser que…?” Comencé a preguntarme, a dejarme llevar por una loca imaginación que me llevaría a mil posibles conclusiones. Pero no pude.
- Es él, él. – Dijo, señalándome, un hombre de una tupida barba cana, que venía frenando una corrida aparentemente prolongada, indicada por su agitación y gotas de sudor. – Él me robó, oficial.
Y entonces noté su séquito de policías, igualmente agitados, armados con pistolas y porras. Sus expresiones de cansancio se transformaron en unas de urgencia al verme tan quieto y desprevenido.
Mientras se acercaban a mí a trompicones, blandiendo sus armas y profiriendo órdenes y amenazas, tuve tan sólo un segundo para comprender. Habían estado persiguiendo a aquel que se me parecía. Ese pensamiento me tranquilizó, todo estaría en orden.
Cuando me tuvieron en el suelo, y tras propinarme algunos golpes, comencé a explicarles tranquilamente que no era yo a quien buscaban. Pero, como era de esperar, me ignoraron, así que comencé a gritarles.
Intenté, por todos los medios posibles, que me oyeran y me dejaran ir, hasta que sucedió aquello que me dejó estupefacto.
Uno de los policías hurgó en mis bolsillos y extrajo algo que no debía estar allí. Se lo mostró al canoso y éste asintió, envolviéndolo cuidadosamente en un paño.
Aunque me costó un poco al principio, recordé y entendí. Mi clon, mi parecido, lo había puesto en mi bolsillo cuando me había chocado. Había notado mi parecido y se había aprovechado de ello.
Mientras me subían a un patrullero, me preguntaba una y otra vez si es que de alguna manera él sabía que yo iba a estar ahí, que iba a cruzarse conmigo.
Mientras me alejaba en el patrullero, volví mi cabeza para mirar.
Allá atrás vi a mi clon, rodeado por mis amigos. Sonreía.
El patrullero giró en una esquina.


Idea 5, por Sole

Aquella plácida mañana de domingo primaveral, los tres chanchitos paseaban por el bosque.
Cantando, recogían flores, sin que nadie se imaginara que estaban siendo acechados.
El lobo, se relamía entre el tupido follaje, haciendo un gran esfuerzo por mantener el estruendo de su estómago a un volumen lo más bajo posible.
Uno de los chanchitos, un tanto cansado, se detuvo en una de las curvas del camino, para descansar las pesuñas, dejando que los demás se le adelantaran.
El lobo, aprovechando la oportunidad, se acercó, casi sin hacer ruido.
El chanchito se refregaba las patas cuando una gran sombra apareció a sus espaldas.
Asustado, se volvió, y vio a nada menos que al lobo relamiéndose.
Ahora, petrificado, trató de gritar en busca de ayuda, pero el lobo supo ser ágil y le tapó la boca.
- No grites – le susurró al oído – Cortala con el teatro, no hay nadie.
El chanchito, echando un vistazo a los alrededores, suspiró y se alejó unos pasos del lobo para poder observarlo.
- No tengo nada para ofrecer – La criaturita rosa y rechonchita, se encogió de hombros y trató de proseguir su camino.
- ¡¿Cómo que no tenés nada para ofrecer?! – El lobo se transfiguró, sacando sus garras y salpicando saliva encima del chanchito, que, al escucharlo vociferar, se volvió con compasión.
- Bueno, está bien, pero el precio sube, me cuesta mucho conseguirlas estos días.
Sin apuros, sacó del bolsillo de su pequeña campera un atado minúsculo de espinaca.
- ¡¿Esto es todo?! – Bramó el lobo – ¡Sabés que esto no es suficiente!
El chanchito volvió a encogerse de hombros y guardó la verdura en el bolsillo, hizo señal de despedida y cuando ya estaba por darse vuelta, el lobo lo tomó por los talones.
Llorando, le imploró que lo perdonase:
- ¡Es que no podés darte una idea del estrés que causa tener que aparentar y sobre todo en mi condición!
El chancho, sin desconocer la situación, lo palmeó en el hombro y lo obligó a erguirse.
- ¿Lo querés o no?
El lobo, enjugándose las lágrimas, asintió.

Ese mismo día, más hacia la tarde podía verse en el prado tres puntos rosa deslizarse con velocidad entre el suave pasto, siendo aturdidos por injurias, provenientes del lobo, que los correteaba por detrás. Resultaba ser, que, el atado de espinaca, había sido en verdad un atado de hojas comunes y silvestres, ocultando finas tiras de carne de oveja en su interior. A sabiendas de que los lobos odian que les hagan bromas sobre comer ovejas, ¡Qué disparate sería!


Idea 5, por Santiago

La liebre se detuvo a descansar bajo la sombra de un árbol.
Cantaba y se reía. La tortuga nunca la alcanzaría. Y le divertía mucho tomarse esos descansos que poblaban de falsas esperanzas el lento espíritu del animal acorazado.
Se puso de pie: la tortuga se encontraba próxima a la meta de la carrera. Con tranquilidad, la dejó aproximarse aún más. En un abrir y cerrar de ojos la superaría y ganaría la carrera, ridiculizando aún más al pobre animalito.
Un metro, diez centímetros le quedaban a la tortuga cuando la liebre se aprestó para ganar. Dio un paso y… Un chanchito la chocó, lanzándola al piso.
- Perdón - Dijo, y continuó corriendo. Tras él, dos chanchitos más.
Alarmada, la liebre se puso de pie. La tortuga, al parecer, sólo había avanzado cinco centímetros. Todavía podía ganar. Con tranquilidad comenzó el trote, cuando un lobo la chocó y la lanzó al suelo. Éste, sin inmutarse, avanzaba profiriendo alaridos.
- Chanchos malnacidos hijos de puta los voy a carnear van a ver me voy a hacer un sanguche de ustedes la concha de la lora y todos los pájaros juntos.
Y se perdió en la distancia, tras los pequeños porcinos.
La liebre se puso de pie. La tortuga había ganado la carrera y era felicitada por todos los animalillos del bosque.

El lobo continuó su corrida, desesperado, enojado, enfurecido, hasta diría “ido”.
Todos en el bosque sabían de la astucia y la picardía de los chanchitos, traviesos a más no poder. Y lo habían probado escabulléndose en la casa del lobo y robándole un álbum con ciertas fotos en los que aparecía vestido de mujer con un camisón más bien ridículo.
No podía permitir que los demás en el bosque se enteraran. Suficiente había tenido con aquel leñador
Y los chanchos eran, como diría el lobo por años, unos verdaderos hijos de la reputísima madre que los parió.
- ¡Chanchos! – Gritó - ¡Hijos de la reputísima madre que los parió! – Insistió, mientras corría apresurado. En la distancia veía las siluetas de los cerditos correr despavoridamente. – Denme el álbum. ¡Conchudos!
Apresuró sus pasos. Si no fuera por aquella liebre, ya tendría a los cerditos entre sus garras. Y, lo más importante, el álbum. “¿Por qué lo guardo?” Se preguntó, como muchas otras veces.
Así corrió, gritando guarangadas e insultos, atrayendo la atención de diversos animales. Hasta que perdió a los chanchos de vista. El corazón le dio un vuelco.
Rápidamente se volvió, para encontrar en las cercanías a un gato vestido con ropajes de cuero. El lobo se le acercó.
- ¿Qué onda? – Le dijo, mirando las botas del animal. – Digo, ¿No viste pasar unos chanchos por acá? - El gato lo miró y asintió, señalando con su zarpa hacia unos árboles. El lobo le agradeció y salió corriendo.
- ¡Ya los voy a agarrar mierdas! ¡Devuélvanme las fotos, pelos de escroto! Les voy a partir el orto, soretes. – Gritó, con su mejor tono.
Cuando traspasó los árboles, se detuvo. Frente a él había una casa completamente hecha de cerillos. Primero pensó “Qué curioso, che”. Hasta que vio el chiquero a un lado de la casa.
Ésa, era la casa de un chancho.
- Te agarré, hijo de puta. – Murmuró. Y recordó aquella técnica que había aprendido años atrás. Nada, ni siquiera una casa, podría resistirse a un buen soplido de Lobo Feroz.

7 comentarios:

Valebé dijo...

Muy buena la idea, y muy interesante al leer los otros resultados después de haber escrito el mío. Acá va:


Llegué a la esquina y tropecé con un hombre que se parecía mucho a mí, diría que casi era mi clon. No podía ser posible... ¡hasta vestía igual que yo!

Confieso que me asusté un poco, y en un segundo un montón de ideas atravesaron los rincones de mi acalorado cerebro. Estaba frente a un espejo. Algún empleado de alguna vidriería estaba caminando con un espejo a cuestas. No. Yo tenía cara de asustado y él sonreía. El calor me estaba sofocando demasiado, cerraría los ojos y no estaría. Apreté mis ojos y la repugnante imagen de mi clon sonriendo, justo en frente mío, siguió punzante. Sonreía. ¿Cómo podía estar sonriendo si acababa de quitarme mi apariencia física, casi mi identidad completa? ¿Cómo podía sonreír si yo era el verdadero portador de aquellos rasgos y él era una vil copia? ¿Lo era?

No sé cuántos segundos pasaron mientras nuestras miradas hacían contacto y nuestros cuerpos permanecían estáticos frente a frente. Noté ese brillo de satisfacción en sus ojos. Yo sólo emanaba celos, enojo, preguntas. No podía ser, esto realmente no era posible. Decidí ponerlo a prueba.

Levanté mi brazo derecho lentamente, porque en el izquierdo cargaba con mi portafolios (él también cargaba uno... ¡en la misma mano!) y lo saludé, sin poder ocultar mi curiosidad. Esbozó nuevamente su sonrisa malvada y me devolvió el saludo de la misma manera. Oh no, ¿ahora? Lo miré fijo con la intención de asustarlo o intimidarlo. Nada pude. Su mirada era aún más poderosa. Coloqué el brazo detrás de mi espalda para ver qué hacía y me sorprendió su voz:

- ¿Tratás de corroborar si soy tu espejo? –¿tengo que contestarle?, pensé. Tras mi silencio agregó- Dale, “Otro Carlos”, contestame. –No, esto definitivamente no podía ser.
- ¡¿Otro Carlos?! Mirá... yo no me llamo Carlos, ni soy otro de nadie, ¿entendiste?
- Pará un poco, aflojate. Estaba bromeando. Carlos, mucho gusto –dijo extendiéndome la mano. Dudé... pero nunca le negué el saludo a nadie, ni consideré que sería apropiado hacerlo.
- Hernán –contesté tímidamente mientras estrechaba esa mano tan parecida a la mía, y hasta con la misma temperatura.

Permanecimos otros incómodos segundos en silencio, mirándonos. ¿Cómo podía preguntarle todo lo que se me ocurría? Aparte... ¿quién era él para poder contestarme? ¿Por qué estaba tan tranquilo? ¿Acaso era mi clon? ¿Acaso tenía un gemelo y nunca me había enterado? Interrumpió mis preguntas:

- ¿Qué te pasa que estás tan tenso?
- ¿Encontrás alguna razón para no estarlo si estoy viendo a mi clon al frente mío?
- ¿Nunca te había pasado de encontrar a alguien igual a vos? A mí, es la segunda vez que me pasa. –me dijo, con la mayor tranquilidad del mundo.

Santiago Juarez dijo...

Muy genial!! Me encantó, Vale. Me fascinó mucho esa última frase. Y me identifiqué mucho con las preguntas de Hernán... Es muy curiosos que vos y Sole hayan comenzado el texto con la frase; cosa que me empeciné en no hacer :S

El Tonto de la Colina dijo...

Estaba pasando por aquí (no recuerdo ni cómo llegué) y me pareció interesante el reto, el cual he seguido en todas sus reglas, excepto en la del tiempo, en la que me he excedido unos diez minutos. Previa comprobación de que la mía no se parece a las ya publicadas, te entrego mi versión de la historia del clon:


Todo empezó de una manera casual. En una de las obras a las que tuve que ir, uno de los trabajadores se acercó a saludarme.
- ¿Cómo está, ingeniero? ¿Se acuerda de mí?
- ¿Disculpe?
- Hemos trabajado juntos en la obra del centro, hace un par de años, ¿No se acuerda?
Me retiré, confuso, después de un saludo convencional y la remembranza de unos recuerdos ajenos por parte del trabajador. Yo pensaba que todo esto se debía a la casualidad y a la circunstancia de que tengo un rostro común, fácilmente confundible.
El siguiente hecho ocurrió meses después cuando era entrevistado para un proyecto en un asiento minero. Estaba conversando con uno de los directivos cuando otro de los jefes se acercó para hacer un recado. Para mi sorpresa, se alegró de verme.
- ¿Está entrevistando al ingeniero para el puesto? ¡Qué bien! Puede contratar al ingeniero, yo he trabajado con él y sé que es bueno…
Obtuve el trabajo ese día, sin poder preguntarle a esa persona de dónde me conocía y agradecerle la recomendación. Como él trabajaba en la oficina principal, no lo volví a ver, pero en el sitio de la mina, encontré a varias personas que de repente me saludaban con familiaridad y que decían haber trabajado conmigo. Al comentar esto con compañeros de trabajo, solo me respondían que en el ambiente de estos trabajos todo el mundo se conoce.
Cuando terminó el proyecto, dejé por un tiempo de tener esos “episodios”, como comencé a llamarlos. Cada vez que comentaba el hecho con alguien nos enfrascábamos en estériles discusiones acerca de clones, dimensiones paralelas y dobles. Siempre se llegaba a la conclusión de que es muy difícil para alguien hallar a su propio doble, pues tiende a hacer el movimiento contrario que uno mismo.
Hasta que entré en un nuevo proyecto fuera de la ciudad. Cuando llegué, la obra estaba recién iniciando, y había poca gente trabajando. Aquí volvieron a ocurrir los “episodios”, pero de manera más frecuente. Apenas el segundo día, uno de los jefes de diseño a quien jamás había visto, me saludó.
- ¡Ingeniero! ¡No lo esperábamos tan pronto! ¿Cómo está?
Fue inútil tratar de explicar que se trataba de una confusión. Aún así, la gente parecía sorprendida de verme en la obra, y usando un uniforme diferente del que esperaban. Todo esto me convenció. Mi clon existe, trabaja en algo similar a mi propia profesión y vendrá en las próximas semanas, según los que me confundieron. Pero por alguna razón el viaje de mi otro yo siempre se retrasaba y no podíamos juntarnos.
El último día de mi permanencia en obra, uno de los choferes de las camionetas me llamó al verme. Para entonces yo estaba ya un tanto acostumbrado a ser confundido, así que no le di mayor importancia al episodio.
- ¿Qué hace usted aquí, ingeniero, si lo acabo de dejar en el taller?
Tuve que pedirle que me repitiera todo ¡Mi clon, tanto tiempo esquivo después de todo, estaba aquí! De inmediato le pedí al chofer que me llevara a donde mi otro yo. Al llegar, me señaló al hombre que estaba parado en la esquina. No pude evitar una exclamación de admiración. Era yo. Era mi clon, mi duplicado, mi dimensión paralela, todo lo que me había negado a creer hasta ese momento. Lo salude, pero lo que no esperaba eran las palabras con las que me recibió.
- ¿Así que usted es el que ha estado usurpando mi vida?

Santiago Juárez dijo...

Buenísimo! Se nota mucho la influencia Sci-Fi, o al menos me pareció (por todas las menciones a esos temas) Es genial como vemos que cada uno encara la idea de una manera distinta. Sería igualmente extraño si coincidiese también, claro.
Me encanta que te hayas atrevido y salió muy bien! Mmm, hay que seguir con esto, voy a tratar de escribir los próximos. Un saludo!

Sole dijo...

Me pareció fantastico tu cuento.Me parece genial que hayas caído por estos lares y que te haya copado la idea. Un abrazo

Valebé dijo...

Qué buena onda!! Me gustó mucho! Me encanta que la gente aparezca y se cope :)

Sole dijo...

Bueno, esta es mi versión de la idea número 1, basándome en la regla 4: explorar posibilidades y aunque Santiago no este del todo de acuerdo con mi resolución, igual lo meto:


“Todo empezó en el túnel, en ese oscuro pasadizo de tres dimensiones: Húmedo, solo, tétrico…”. Así iba a comenzar el relato.
- Mariana- me señaló mi amiga, presentándome- aquí está la chica talentosa.
El hombre fornido me miró desde su metro noventa, y me sonrió con calidez.
Yo estaba hecha un nudito, acomodándome en un banquito, escribiendo sobre mi falda.
Levanté la vista, y me quedé embobada con su sonrisa. Parecía un personaje ficticio, con grandes dientes blancos, contrastantes con el negro de su traje; su cara algo angulosa y muy escaso cabello dorado.
- Buenas tardes. Soy Rubén, ¿Qué tal? – me extendió la mano, introduciéndose.
Yo nunca supe como dar un buen apretón de manos, pero me animé.
Mientras Alicia charlaba con Rubén, yo aprovechaba para pararme, dejar el cuadernito sobre el banco y acomodarme los anteojos.
Alicia era mi amiga hacía años, y ella me había iniciado en el arte de escribir, y mientras yo me consolidaba como escritora, ella me conseguía changuitas por acá y por allá.
Ese día estábamos todos en el salón de exhibiciones de Ali, sueño que ella, como pintora, entramó desde que nos conocimos.
- …es más, mire de dedicada que está, que justo la encontramos en pleno proceso de producción –Ali, ¿qué haría sin vos? – No podía dejarla encerrada en el departamento, sus creaciones acá siempre son más pulcras y consistentes.
Tenía esta maniática insistencia de conseguirme un editor (o en su defecto, una pareja).
Sonrisas van, sonrisas vienen, Alicia me consiguió una entrevista con Rubén.
Muy educadamente, nos despedimos con apretones de manos y con empalagosos agradecimientos de Alicia.
Cuando finalmente se fue, suspiré:
- No tenías por qué chuparle así las medias – dije un poco asqueada-.
Mi amiga, algo ofendida, me observó unos instantes, para luego cambiar su expresión y sonreír.
- Agradecé que no me le tuve que tirar al tipo, sino me debías muchísimo.
No podía menos que sonreírle.
Ali se fue al taller del fondo, (contenta con su buena acción del día) dejándome a solas en el gran salón blanco.

Todo empezó en el túnel, en ese oscuro pasadizo de tres dimensiones: Húmedo, solo, tétrico.
Juntos, Darío y yo, recorríamos con la vista las escalofriantes paredes chorreadas, rogando ver un ápice de luz que nos indicara la salida.
“Punto y aparte, pero ¿Quién era Darío? Darío, era mi pareja en el cuento, claro” (Pensaba en la inspiración del personaje, MI pareja).
Desesperada, tomé la mano de Darío, mientras dejaba que él me guiara en medio de la oscuridad, cuando de repente sentimos un aroma. Un aroma que nos invadía y nos tomaba por sorpresa, dulzón y penetrante. Nuestra esperanza ya no provenía de la luz que se veía a uno metros de distancia, sino de aquél olor, que nos trajo a la realidad.
Miré hacia la puerta de entrada.
Ni echa un ovillo como estaba podría haberme perdido el perfume de las medialunas recién sacadas del horno, bañadas en pura miel de abejas.
- ¡Amor, viniste! – No podía sacar los ojos de encima del paquete de papel madera que entraba por la puerta - ¿Merendamos?