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2 de noviembre de 2010

La canción del yo

En una conversación, siempre surge aquel que cuenta lo que le ha sucedido, una anécdota, un hecho, un recuerdo.
Esto activa y genera un nuevo tema, los porqués, los cuándos, los cómos. Y la conversación se nutre de las opiniones que vienen a continuación. Uno opina, y el otro se muestra contrario a esa opinión. Uno demuestra los datos que ha aprendido por experiencia, otro se apresura por demostrar que su experiencia demuestra lo contrario.
De pronto ya no hay más conversación. No hay más diálogos.
Cada uno de los hablantes empieza con su canción. La canción del yo.
Yo hice aquello.
Pero yo hice esto otro.
Yo fui para allá.
Yo me quedé acá.
Yo uso esto.
Yo me peino así.
Cada esfuerzo es más monumental. Ya no se trata de lo que pasó, de lo que hice, sino de que a mí me pasó. Yo lo hice. Yo.
Yo pienso así. Y en esa frase tratan de decir: Así es como se debería pensar. Estoy en lo correcto. Escúchenme. ¡Escúchenme!
Yo compré aquello. Y no se trata de qué compré. Se trata de que mi criterio al elegirlo es mejor, por eso pude comprarlo.
Luego, van a empezar con las acusaciones. Vos dijiste que, yo escuché que, yo entendí.
Yo, yo, yo.
Se pelean por obtener un lugar en la conversación. Por poder lograr su turno de exposición al mundo, de demostrarles algo a los demás.
Y, hasta que no los escuchen, no van a parar, van a insistir. ¡Van a gritar!
Si alguien dice, vi tal programa de televisión. Todos van a aportar, yo también, yo hace mucho que no, yo si, yo no lo vi. Si alguien dice, yo uso tal marca de ropa, no pueden contenerse, no. TODOS van a terminar comentando qué marca de ropa usan y por qué. Y luego la marca de los anteojos, y del auto, y por qué es bueno, por qué es mejor; porque yo lo uso.
Si escuchan una opinión, tienen que saltarle encima para demostrar la propia. ¿Por qué será así?
Si alguien los ataca, van a responder atacando de nuevo. Son dañados, y dañan en consecuencia. Tienen que demostrar que el otro también está errado en algo, en alguna parte.
¿Por qué?
Esa parte de mí, la que se expone, la que es presa del yo, es inmunda y me da asco.
Lucho por contenerla, y me cuesta mucho. Miro a las personas que lo logran y las miro con profunda admiración.
Personas que se callan, que observan y no necesitan responder a todo eso. Saben muy bien qué sonrisa y qué expresión de decepción utilizar como su mejor arma. No los vas a ver seguido en una discusión… Nunca podrían llegar a eso, no lo necesitan.
Los otros, en cambio, siempre tienen que demostrar, demostrarles a los demás, que pueden, que son. No pueden contentarse con su interioridad. Qué egoístas, qué soberbios, qué hipócritas…
Lo peor… Es que tengo mucho de eso, y lo grito por este medio así lo digo de alguna manera. Con los yo no puedo hablarlo, rápidamente se tornaría en una discusión. Con esas otras personas especiales… No me siento capaz de dialogarlo, lo sentiría más bien como una confesión.
Y esto va dirigido a ciertas personas, de las cuales varias probablemente nunca lo lean.
Ah, y a mí.

Realidades paralelas

Imaginándome en otra situación, poniéndome en el lugar de otro Santiago (un Santiago tal vez mayor, tal vez recién nacido, tal vez enojado, tal vez arquitecto en Chipre), imaginándolos los hago reales. Veo las posibilidades como si de pronto pudiese ver cada molécula del aire, como ineludibles y necesarias piezas de irrealidad real. El sueño dentro de un sueño.
Me pregunto ¿Qué hubiera sido si…? Y me respondo de miles de formas diferentes.
Si no hubiera ido al colegio. Si hubiera ido a otro colegio. Si no hubiera conocido a ésas personas, si las hubiese conocido antes, o después. Si hubiera muerto. Si no hubiera nacido.
Cada nueva idea esconde una nueva hipótesis, un nuevo Santiago.
Y me veo como en un doble espejo enfrentado e infinito, en el cual cada movimiento es repetido incontables veces. Pero por Santiagos de universos paralelos.
Imagino tanto, vivo tanto en esas realidades que las hago reales. Al menos en mi cabeza tienen perfecta veracidad. Las imagino tanto que de pronto me doy cuenta que yo también soy parte de la imaginación de un posible Santiago pensándome en algún otro universo como una posibilidad más.
¿Qué tan real puedo ser?
¿Qué tan imaginario puedo ser?
Tal vez esta vida sólo exista como una idea pasajera en la cabeza de otro ser. Tal vez todo el sentido de mi existencia sea sólo para satisfacer esa idea. De pronto, tendría mucho sentido.
Cada incoherencia de este mundo se mostraría no sólo como una de las horrendas realidades de este planeta y sus sociedades humanas, sino como un factor que posibilitó al Santiago imaginado, al Santiago que termina por ser la idea absurda e imposible de otro.
Si no fuera por todas esas cosas, Santiago no existiría, no estaría para ser imaginado. O al revés: El otro Santiago nunca me hubiera imaginado, y él mismo podría no haber salido de ninguna imaginación. Tal vez él me imagine a mí y yo a él, y ambos creemos dos universos diferentes sin darnos cuenta, iniciando un diminuto big bang en nuestro cerebro que desate, a la mejor manera de una cadena de acciones y reacciones, un complejísimo universo de personas, estrellas y nubes.
Si yo los pienso, y en mi cabeza cada Santiago tiene una forma única y distinta a todas las demás, tiene que haber un universo detrás de ellos que respalde aquellas características. Digo; esos Santiagos no salieron de la nada, fueron criados en mundos, en países, en familias, etcétera.
Yo a todas esas cosas no las pienso. No del todo. Pero tienen que ser, tienen que estar en algún lado para que esos Santiagos puedan existir como ideas.
Supongo que los demás tendrán sus versiones paralelas también.
Me fue muy sorprendente leer El Túnel y darme cuenta de que Sábato me había inventado cuarenta años antes de mi nacimiento. Que ese señor se había imaginado un personaje, un paralelo, y lo había dotado de ciertas características… Que terminaron por ser las mías, ya leídas en mi madurez. Y Sábato no se imaginó más que un Santiago determinado, sin darse cuenta de que inventaba todo este mundo en el que yo estaba metido, para que yo fuera posible.
Sí, Sábato me inventó hace cuarenta años sin darse cuenta. Y cada vez que yo hago lo mismo, que cualquiera hace lo mismo, inventamos un alguien, un alguien por ahí, en éste o en otro universo o tiempo. Y en el mismo acto de crear, es que nosotros mismos somos creados.

26 de agosto de 2010

Bisonte canadiense

Entonces, pónganse en esta situación: Viven a veinticinco punto cinco kilómetros de la concentración de urbe civilizada más cercana, donde encontrarán aquella tecnología que tan felices los hace. No cuentan con un medio de transporte propio, o al menos no por el momento (dado que el carruaje se averió, o, lo que es lo mismo, los caballos duermen). Han pedido turno con el médico para las horas diecinueve. Alguien va a estar esperándolos. Consideran que lo aconsejable y prudente sería dedicarse a la búsqueda de un medio móvil de transporte (público o privado) por lo menos una hora antes de la hora pactada. A lo que habría que sumarle una media hora de preparativos estéticos del orden textil (cambiarse). Con tranquilidad, entonces, podrían sortear todo obstáculo, previsible o no, comenzando el proceso a las diecisiete treinta.
Pero de pronto abren los ojos, que contemplan de manera borrosa el techo, y un sentido de urgencia les devora el alma. ¿Qué hago en la cama?
Y se sientan, tan rápido como un tren magnético fuera de control lo haría. Y tal vez más rápido. Opuesto al año lectivo, en el que despertarse cuesta horrores, su conciencia adquirió total lucidez a una velocidad lumínica. Y su mano, cual rayo, se apoderó del elemento horario más cercano (reloj despertador, de pulsera, de arena o de sombra), para corroborar el negro miedo que crecía en su interior.
Y cuando los números marcan las diecinueve con diez minutos ante sus infelices ojos, lo único que su alma puede sentir es un odio irrefrenable. Y un grito espantoso:

¡LA PUTA QUE LO PARIÓ!

En ese momento todas sus funciones corporales menos las motrices se detienen. Sólo hay tiempo para correr. Con el buzo en las piernas y el pantalón en la cara llegan a la calle, con la imprecisa certeza de que aquel sigue siendo su planeta. La gente, despreocupada, avanza a una velocidad tan ridículamente lenta, que dan ganas de golpearla.
Sin darse cuenta, ya han caminado una cuadra, pero parecen haber dado sólo tres pasos. Entonces son capaces de pagar un jet supersónico, entregar su cuerpo si es necesario para ello, con tal de llegar a tiempo. Pero no va a pasar. Saben que es imposible, porque no existe la manera de retroceder el tiempo. Miran el reloj de nuevo y son las diecinueve y diecisiete, con treinta y cuatro segundos. Pero, de pronto, ya son y treinta y cinco segundos.
El tiempo se les escapa.
Un ronroneo mecánico suena en la distancia y lo reconocen, enamorados, como el motor de un destartalado automóvil, de marca y modelos desconocidos. Tan desconocidos, que comienzan a dudar. ¿Se trata de un automóvil? ¿Es un gato gigante que se desliza por el pavimento?
A medida que la silueta crece, se tranquilizan. Es un automóvil, tiene por lo menos tres de las cuatro ruedas y no avanza a fuerza de pasos como en Los Picapiedras. Éste tiene pedales.
Ya encaramados al asiento de piel de bisonte canadiense, se dirigen al chofer, exigiéndole refuerce la velocidad como si de su propia vida se tratara. Éste reacciona de la siguiente manera: Colocándose unos lentes oscuros, elevando sus dedos índice y meñique en el clásico y eterno gesto de los “cuernitos”, y gritando a viva voz ¡YEEEAAAH, man! De pronto, su mano salta hacia la cassettera, que reproduce una cinta olvidada ya por el tiempo de la banda de metal pesado “Helvetica Black”.
Y, con toda su furia… Comienza a pedalear.
La canción, que habla del amor y del reencuentro con Dios en la santa práctica del suicidio masivo, se repite una y otra vez, quedando establecido como el único hit de dicha banda. Y como la única canción de dicha banda. Al compás de los melodiosos acordes de quena de bambú, los furiosos pies del chofer, poblados de pelo como en su barba, no así como en su reluciente e hipnotizante calva, empujan los pequeños pedales, impulsando el vehículo a una velocidad que es imposible de determinar. Ya que no hay velocidad alguna para determinar.
Han pasado días. Meses tal vez. El chofer no deja de cantar la canción. Y ustedes no dejan de escucharla, todavía preguntándose cómo es que hace ese estéreo para sonar en un auto sin batería. Y el auto se detiene.
Cuando se bajan, se sorprenden al ver que el asiento también baja con ustedes, para descubrir que no se trataba de piel de bisonte canadiense, sino de un bisonte canadiense vivo, real y confeso protestante. Incluso éste también lleva anteojos oscuros y un tatuaje con la leyenda “Sans-Serif Rocks”, haciendo alusión a uno de los integrantes de la banda, el bajista Juan Carlos Sans-Serif.
Por fin, cuando se dan vuelta ante el edificio de consultorios médicos, se apresuran por entrar. Saben que han llegado tarde. Que en estos meses su acompañante seguramente ha visitado al médico en tantas ocasiones que ya se ha casado con él y construido toda una vida en alguna costa itálica.
Pero cuando entran, se dan cuenta de que no es así.
Allí está, sentado en la sala de espera, aguardando su turno para ser atendido. Ven la hora y es real su sospecha: Son las diecinueve en punto de aquel día en que su viaje comenzó. Cuando se dan vuelta, el bisonte los mira de reojo y les hace un guiño, antes de desaparecer en un destello eléctrico, casi divino.
Y cuando menos lo piensan, su amigo se ha volteado hacia ustedes y les ha dirigido una sonrisa. En sus labios pueden leer la frase “Qué puntual”.
Parpadean.
Cuando abren los ojos, están contemplando el techo de manera borrosa. Un sentido de urgencia los devora. ¿Están en la cama?
Su reloj se los confirma. Las diecinueve con diez minutos.

¡LA PUTA QUE LO PARIÓ!

12 de agosto de 2010

Puequeño Glosario del Coloquio Íntimo

Verga: (Del lat. virga). F. Pene. || 2. Situación incómoda o de malas características. Fue una verga el recital. || 3. Persona cruel o egoísta. Sos una verga por no convidar. || 4. Lugar nefasto, generalmente lejano y de ubicación imprecisa. Andate a la verga. || 5. Atribución genérica de características malas o negativas. ¡Qué verga esto! || 6. Punto final en oraciones. Y al final me fui. Verga. || Concha de la verga. Maldición utilizada en momentos de sumo fiasco o accidentes menores, tales como manchas, caídas, equivocaciones, etc.

Flaco/a: (Del lat. flaccus). Persona. || 2. Fórmula típica que se utiliza para denominar un amplio rango de sujetos a los que se les atribuye características genéricas. En la esquina había un flaco. || 3. Sustituto universal de nombres de pila. || 4. Man.

Terrible: (Del lat. terribĭlis). Que resulta ser de suma relevancia. || 2. Situación muy mala y llamativa. Solo y sin plata, ¡Terrible! || 3. Situación muy buena y emocionante. Te sacaste un diez, ¡Terrible! || 4. De enormes proporciones. Terrible edificio había en la ciudad. || 5. De sabor exquisito. Anoche me mandé una mila terrible. || 6. Persona desobediente o rebelde. Sos terrible vos, ¿Eh? || 7. Persona sumamente exigente. Es terrible ese profesor, terrible. || 8. Situación altamente emocionante. Fue terrible la montaña rusa, posta.

Show: (Voz ingl.). Excelente, llamativo, magnífico. || 2. Muy acertado u oportuno. Me llamó justo cuando me desocupé, un show. || 3. Aceptación resignada de lo que se ha podido conseguir. Show si te sacaste cuatro.

Chequeta: (Del dim. De Chico). Mujer hermosa. || 2. Mujer que ha realizado un gesto con connotaciones sexuales o de sensualidad. No me guiñes así el ojo, chequeta, que pienso cualquier cosa. || 3. Mujer que se muestra indiferente. Me ignora la chequeta, se muere de ganas. || 4. Mujer que no se sabe observada. Mirala a esa chequeta que va corriendo. || 5. Mujer.

Pechar: Bastar, alcanzar. || 2. De algo que interesa. Pecha la película, ¿No? || 3. Comida ligeramente sabrosa. Pecharon las pizzas. || 4. Decisión. No sabía que hacer, pero pechó ir al teatro.

Copado: Entusiasmado o fascinado con algo. Se quedó copado con la mina aquella. || 2. Interesante. Qué copado este libro. || 3. Metido de lleno en la situación, compenetrado. Estaba copado con el partido y no escuché el celular. || 4. Sorprendente o llamativo. El malabarista era muy copado.

Posta: Verdad irrefutable. || 2. Refuerzo para lograr confianza en las afirmaciones. Esa película es mala. Posta.

Moquero: Persona descuidada o torpe. || 2. Persona que ha quedado en ridículo frente a otras. || 3. Cosa mala o de baja calidad. Este libro es moquero. || 4. Persona tonta. Moquero, ¿Qué no sabés sumar?

Moco: Equivocación, error. Me mandé un moco. || 2. Dicho de una persona: Que es moquero.

26 de septiembre de 2008

Los Temas Genéricos

Vuelvo al blog, y ya se habrán dado cuenta. Etoy aquí y si miranel último post antes que este, es del 31 de Diciembre del año pasado. Woah! Larga ausencia!
En fin. Este post lo había escrito hace mucho tiempo, pero lo posteo para recomenzar mis acticidades en el blog. Un saludo!

Los Temas Genéricos

Imaginen una cámara enfocando el Planeta Tierra desde muy lejos. Incluso pueden ver la Luna desde su lado oscuro, y, por ende, el sol desde exactamente el otro lado, detrás de la Tierra.
Ahora imaginen que se acercan hacia ella. Se acercan a la Tierra, en dirección a América del Sur. Dejan atrás la Luna a medida que las lucecitas de las ciudades comienzan a brillar con más fuerza. Llegan al punto en que el planeta ocupa toda la imagen, ocultándonos el fondo estrellado. Las estrellas que vemos ahora son las incandescentes maquinaciones luminosas del hombre.
La cámara ahora se desliza hacia abajo, buscando Argentina. Se acerca, se acerca, hasta que un grupo de luces que parecía pequeño, se hace más notable. La cámara se hunde en esa dirección, mostrándonos en detalle una ciudad no muy grande.
Ahora las luces parecen más dispersas, a medida que los edificios cobran importancia. Podemos notar los automóviles que pasan rasantes por el asfalto.
Sin embargo, la cámara no llega hasta el nivel del suelo. Treinta metros antes de eso, gira repentinamente y se escabulle por una ventana de uno de los tantos edificios. Se adelanta por un pasillo y gira en una esquina.
Ahora lo que vemos es una persona al lado de la puerta de un ascensor. Cuando la puerta se abre el hombre entra y, a medida que las puertas se cierran, la cámara va acercándose para entrar al ascensor antes de que las puertas se cierren.
Está a punto de entrar, cuando la cámara retrocede de pronto y alguien entra repentinamente al ascensor.
Mientras la mujer recupera el aliento de los tres metros que recorrió velozmente, la cámara termina de entrar.
Ahora están ellos dos ahí, solos, a nueve pisos de la planta baja.
El aire se vuelve incómodo y asfixiante. Los pliegues de sus ropas suenan estridentemente y una tos se convierte en el estruendo de una banda de rock. Los pisos pasan hacia arriba lentamente.

Ocho...

El hombre abre la boca y…
En ese momento, incursiona en un terreno peligroso y traicionero. La tensión del momento lo lleva a ello, pero probablemente, lo único que logre sea provocar más tensión. Sus labios articulan lentamente lo que su mente hizo en pocos segundos.
Va a utilizar un tema genérico.
- Día duro, ¿No? – Pregunta.
La mujer apenas si se vuelve para responder con un gesto.

Seis...

Un atisbo de intranquilidad asomó la paciencia de la mujer y se volvió apresurada para contestar, a una velocidad apabullante.
- Como siempre.
El hombre levantó la vista, sorprendido. Su intento había tenido éxito. Lo que era un mensaje, se había convertido de pronto en comunicación. Estaban conversando. Pero… ¿Sobre qué?

- Claro, estos días es difícil...
Dijo. Y después se preguntó por qué había hecho. No era algo que sintiera. Tampoco era algo que supiera de ella. Sólo… lo dijo, esperando que tuviera algo de sentido.
La mujer, sin volverse, le asintió con la cabeza. Era increíble, pero un hombre y una mujer que no se conocían, no tenían la intención de conversar, no se sentían cómodos el uno con el otro… Estaban teniendo una charla.

Cuatro...

La mujer buscó algo en su bolso y revisó la hora. Era un celular de última generación, de no menos de mil dólares. El hombre intentó averiguar qué modelo era, pero la fugaz aparición del aparato le permitió ver que tenía una pantalla descomunalmente grande.
La mujer guardó el artefacto y continuó mirando hacia la puerta.
- ¿Ese es el celular nuevo del que tanto hablan? – Preguntó. Nuevamente se trataba de una pregunta que no tenía principio ni final. Era sólo eso, una pregunta que ni siquiera exigía una respuesta.
Y así fue. La mujer no respondió. El hombre, atemorizado, para no caer en la ridiculez o en la desesperación de una pregunta inconclusa, retrucó rápidamente.
- Porque creo que lo ví en la televisión, ¿Vio?... – La mujer asiente – Ese de la empresa estadounidense que domina el mercado de estos aparatos…

Tres...

Cuando pasaron por el tercer piso las luces parpadearon por un segundo. La adrenalina del hombre subió hasta tal límite que por un momento se sintió Keanu Reeves en Máxima Velocidad. Parpadeó y por un segundo creyó que la mujer era Sandra Bullock en peligro.
- ¿Sabe?... Por un momento… Sentí como si… - Comienza a decir, pero se da cuenta de que no podía estar más fuera de lugar. Su pausa hace que la mujer se de vuelta. – No importa, olvídelo.
Y ahí se da cuenta de que la curiosidad de la mujer había sido el momento perfecto. Y lo había desperdiciado.

Dos...

Su compañera revolvió en su bolso hasta encontrar un papel que sostuvo satisfecha entre sus trémulos dedos. Resolvió doblarlo y guardarlo en un bolsillo, quizá aliviada por haberlo encontrado.
El hombre, casi instintivamente, revisó sus bolsillos, pero lo único que encontró fue un billete de dos pesos y una lista de artículos para comprar que sólo se conseguirían en cierto local donde sólo pueden concurrir personas adultas.
La mujer se volvió y lo miró directamente a los ojos. Justo cuando el primer piso desfilaba ante sus atónitos ojos, el corazón le dio un vuelco. Por primera vez en ese kilométrico viaje su enigmática compañera había decidido enfrentarse a él.
¿Qué haría? ¿Lo llevaría hasta la pared para fundirse con él en un apasionado beso? ¿Pararía el ascensor con la parada de emergencia y se quitaría las ropas, lista para vivir la aventura sexual de su vida? ¿Mostraría su credencial de la CIA y le diría que necesita su ayuda para encontrar a un delincuente internacional?

- ¿Tiene hora? – Preguntó la mujer.

Las puertas del ascensor se abrieron y la mujer pudo ver en un reloj colgado en una pared la hora. Sin mediar despedidas, desapareció girando hacia la derecha.
El hombre se quedó allí, solo. Observó la lista de compras y sonrió. Si la mujer hubiera sabido de esos artículos, nunca le hubiera dirigido la palabra. Su sonrisa creció un poco más, a la vez que salía del ascensor.

Ja, vieron que uno siempre para zafar de la incomodidad se inventa un tema genérico? El tiemp loco, los estudios, la novia, la familia. Llega un punto en el que todos los temas son genéricos, y sólo la gente que se conoce puede hablar "en serio".
Mientras piensan en eso, coman algo rico y vean alguna buena pelìcula, abracen a sus novias y sean felices! (O coman algo horrible, vean una mala película y abracen a sus muñecas inflables, ustedes deciden)

6 de diciembre de 2007

Verde, que te quiero verde

Bueno, el título de esta entrada no tiene nada que ver con lo que voy a hablar.
El tema que hoy me trae aquí es esa inexplicable costumbre que tenemos algunos de dar consejos en un tema, cuando somos los menos indicados. ¿Se entiende?
Me refiero a, por ejemplo, cuando un muchacho está mal con su novia, y un amigo está mal con la suya. Así que uno ayuda con consejos al otro, pero sin poder aplicarlos en sí mismo. (Tipo Hitch, la película)
Desarrollemos ese ejemplo.
Marcos está saliendo con Marta y Mario está saliendo con Martina. Marcos tiene problemas. Marta lo ignora, no le da cariño, le es indiferente. Él sabe que eso es por algo que él hace y no puede descubrir qué es. Trata de hacerlo todo bien, pero… Algo le sale mal.
Por otro lado, Martina le reclama a Mario la constancia con la que éste entra en su vida, casi diaria, y, siempre, muy “afectuosamente”. Martina se siente oprimida, perseguida. Y Mario no se da cuenta. No la entiende, pero quiere hacer algo para mejorar las cosas. Sabe que cuanto más busque a Martina, más se va a alejar, y teme perderla, aunque él no quiere alejarse.
Mario es amigo de Marcos.
Un día, salen a tomar un café. Marta se fue al club literario y Martina se quedó durmiendo en su casa, de donde vino Mario. Marcos pide un café con leche con medialunas y su amigo un licuado de banana y un tostado de jamón y queso. Mientras esperan, Mario trata de comenzar una conversación con uno de los Temas Genéricos (próximamente en La Cueva de Normandía).
- Hace mucho que no salíamos a tomar algo, no? – Dispara, con la plena seguridad de que apela al costado amiguero de Marcos.
- Cierto – Asiente su amigo, pero sin involucrarse demasiado con la respuesta.
- Serán ya… ¿Cuánto?... tr--
- Tengo problemas con Marta, Mario. No sé que hacer – Lo interrumpe, sacando a flote su vena egoísta. Sus movimientos son nerviosos, apresurados. Su mirada se hunde, pero de pronto explota en un vaivén frenético.
- Contame.
- Hace ya… Tres semanas, creo, que… No me da bola. No me habla, no me abraza... – Se detiene un segundo, tratando de escupir lo que viene a continuación – Ni siquiera me mira!... Trato de hacer todo bien, pero… - Duda durante un segundo.
- Quizás la estás persiguiendo mucho – Indaga Mario, intentando acercar su situación a la de su amigo.
- No sé. No sé. – Duda – Mirá. Vos sabés, yo ya te conté. Ella me dice que la hago feliz, pero… Su cara y su actitud no me muestran eso. Primero, siento que fallo en algo, y segundo, me siento mal. Aparte, que ella esté mal me hace mal.
Mario reflexiona unos momentos. Recuerda unas semanas atrás cuando Marcos y Marta parecían las dos personas más felices del planeta. Iban de un lado al otro de la mano, sonriendo, con una sola cosa en la cabeza: Ellos.
Pero de pronto Marta había dejado de ser esa persona, mientras que Marcos era el mismo. Y eso se notaba por todos lados. Entonces, repentinamente, a Mario se le ocurre una solución.
- Mirá… Yo te diría que tratés de darle su espacio. – Hace un silencio para observar la expresión de su amigo – Seguramente lo que le pasa tiene que ver con que se ven todos los días y a ella la asfixia un poco. Dale su espacio y su tiempo, y vas a ver que ella va a volver a vos. Como se dice “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.
- ¿Vos decís que le corte? ¿Que le pida un tiempo? – Reacciona inmediatamente Marcos.
- Puede ser. Depende de ustedes. La conocemos a Marta. Ella se da cuenta de este tipo de cosas.
- Pero… ¡Yo no quiero terminar con ella!
- Marcos… No tenés que estar de novio con una persona para amarla. A tu vieja la amás y no estás de novio con ella.
Marcos de pronto se queda callado, tratando de entender lo que su amigo le decía. Pensaba en Marta, y en cuánto la amaba. Y que quizás eso que decía su amigo fuera lo mejor.
- Creo que tenés razón Mario. Voy a ver qué hago. Seguramente lo charle con ella – Dice, esta vez mucho más tranquilo.
- Me parece bien. – Acota Mario.
Se dan un momento para beber sus respectivos desayunos, y procesar lo charlado. Marcos está a medio camino entre la tranquilidad y el desasosiego. Su amigo tiene razón, pero es muy duro tener que afrontar semejante decisión. Más allá de que le haga mal, él la ama. Y no quiere dejarla.
Mario, por otro lado, entiende perfectamente a su amigo. Está en una situación muy similar. Martina se siente asfixiada. Atosigada. No lo ignora, pero le reclama constantemente el poco espacio que tiene. No sabe si hablar de eso, cuando…
- Y vos… ¿Qué onda con Martina? – Pregunta Marcos.
- Ehm… Bien, creo. – Se apresura en contestar. Aún no está seguro si quiere hablar de ello.
- Ah, me alegro. Mandale saludos cuando la veas.
Mario ahí se da cuenta de que debería haberlo hablado, pero comienza a pensar en dejarlo pasar. Prefiere arreglar sus cosas con ella y no cargarle más problemas a su amigo.
- Che, cambiando de tema… ¿Cómo vas con tu proyecto? – Pregunta, esta vez, enfocando un tema completamente distinto.
- Ahh, genial. Me falta terminar unos diseños para las últimas entregas, pero si todo sale bien, lo tengo listo para diciembre. – Responde Marcos, encantado de entrar en un tema en el cual sus sentimientos no jueguen el papel principal.
- ¿Diciembre? – Pregunta asombrado Mario. - Mirá vos. Yo creía que… - Se detiene de pronto. Su expresión cambia a sorpresa mientras abre los ojos de sobre manera. Marcos se asusta, y, siguiendo el ángulo visual de Mario, se da vuelta, tratando de averiguar qué le había causado tal reacción. Encuentra a una mujer entrando al bar, un mozo sirviendo unas gaseosas, un nene con un globo. Vuelve a mirar a su amigo y éste tiene un celular en sus manos.
- ¡¿Qué pasa?! – Le pregunta, totalmente desorientado.
- Nada. Recibí un mensaje. – Contesta, mientras revisa la bandeja de entrada. Marcos deja escapar una sonrisa, riéndose de su propia ridiculez. – Es de Martina.
Mario lee el mensaje y no lo comprende. Minutos atrás, mientras entraba al bar, le había mandado un mensaje diciendo “al final, salimos hoy o no?”. Y ahora ella le respondió “No sé. Chau.”. Su expresión de pronto se hundió en la oscuridad, mientras que la de su amigo parecía cada vez más luminosa.
- Bueno… Te cuento – Murmura de repente. – No estoy tan bien con Martina.
Marcos lo mira, desorientado. Hace unos momentos la expresión de Mario mostraba una profunda tranquilidad, pero, de un momento al otro, se había transformado, para revelar ahora una preocupada desesperación.
Él siempre había sido del tipo que confiaba en todos, que no tenía problema en hablar sus cosas. Pero Mario era más reservado… Le recordaba a Marta. Además, él conocía muy pocas cosas de Martina. Ella era un misterio para Marcos. Sus gustos, sus actitudes, sus preferencias.
- Ya hace unos días que me reclama que la asfixio. – dice en un suspiro. Marcos de pronto recuerda las alusiones que había hecho Mario a esa palabra durante la conversación. Ahora entendía por qué. – Dice que soy muy constante, que…
- Que la seguís mucho. – Interviene Marcos.
- ¡Sí!... Hace un tiempo estábamos de lo más bien, pero… no entiendo…
- De un día al otro parece haber cambiado como otra persona. – Vuelve a interrumpir Marcos, para demostrarle que lo entiende completamente. – Sé a lo que te referís.
Mario miró por el vidrio hacia la calle. La niebla invernal de la mañana todavía la ocupaba. Los automóviles, cuales fantasmas, la atravesaban repentinamente al deslizarse por el pavimento húmedo. Las tenues figuras de las personas que se bamboleaban por las veredas parecían estar quietas, mientras aceleraban frenéticamente en alguna dirección. Sus expresiones reflejaban la idea del incesante ir y venir rutinario. Sus ojos se perdían, sus miradas se nublaban. Los autos desaparecían, la niebla se hacía más pesada. Toda idea perdía consistencia mientras la imagen de Martina se formaba suavemente en la oscuridad de la calle.
- La amo, Marcos. Pero no sé qué hacer.
- ¡Dios! – Exclama Marcos – Yo no te entiendo. – Dice, dejando perplejo a Mario. – Me acabas de decir algo que se puede aplicar exactamente de la misma manera a vos.
- ¿A qué te referís? – Pregunta Mario, perdido.
- ¿Qué me dijiste que debería hacer con Marta?
- Que se den un tiempo… O algo parecido. Pero…
- Bien. ¿Y por qué no hacés lo mismo con Martina? Va a resultar lo mismo. Se van a separar un tiempo, se van a extrañar, van a volver, va a ser buenísimo.
- ¿Buenísimo decís? – exclama Mario - ¿Sos consciente? ¿Que la deje, para que estemos mejor? ¿Qué te pasa, Marcos?... Pensaba que eras un tipo inteligente. Primero te hacés el que está mal y todo eso. Y ahora venís y me decís esta barbaridad.
- No, esperá. No te hagás el desentendido. Vos me dijiste eso. – Refuta Marcos.
- Pero es distinto.
- ¿Qué hablás? Dale, no te hagas el gil. Estamos en la misma.
- “Marquitos”... Vos y Marta son un mundo aparte. Tomá. Te dejo diez pesos. – Busca en su billetera, y extrae dos billetes de cinco.
- ¿Te vas? – Pregunta desilusionado Marcos.
- Sí.
- No estarás enojado, ¿Verdad?
- ¡Noooo! – Niega Mario - ¿Enojado, yo? – Agrega, sarcásticamente, sin mirar a los ojos a su amigo.
- Dale, no seas boludo, quedate y charlamos. – Insiste Marcos, con una débil esperanza.
- No, tengo cosas que hacer. – Dice, mientras se pone de pie y se adelanta hacia la salida.
- ¿Qué cosas? Me dijiste que tenías toda la mañana libre.
- Chau Marcos. A ver si podés compartir tus “ideas locas” con otra persona. - Dice ya sin voltearse, dirigiéndose hacia el extrior.
Marcos se quedó sentado y se dio cuenta que Mario no había terminado su licuado. Miró hacia sus costados, se acercó y bebió un sorbo. De paso, mordió el tostado sin terminar.
Casi sin darse cuenta, por su cabeza pasó fugazmente la palabra “pelotudo”.

¿Vieron?
Mario estaba hecho pelota, pero se largó a darle un consejo a Marcos. Y Cuando le preguntó a Marcos que debía hacer con Martina, ni se le pasó por la cabeza que él mismo tenía la respuesta.
¡Dios! ¡Pasa todo el tiempo! Si se dan cuenta, los consejos que le das a los demás no se aplican en vos. Como en los comics. Los superhéroes soportan sus propios superpoderes, es decir, no se pueden dañar a sí mismos. Sino, Superman se quemaría la cara cada vez que tirara rayos de calor por los ojos. ¿Entienden?

5 de noviembre de 2007

Guerras de cortesía. O cortesía de guerras.

Estoy saliendo de El Ateneo. Cuando llego a la puerta, un pequeño cartel indica: “Tire”. Pero yo sé que la puerta se abre para ambos lados, así que empujo.
Voy con mi novia. Mantengo la puerta un segundo abierta, para que ella salga primero, cuando, de pronto…
Alguien quiere entrar.
Cargo mi cañón antiaéreo y disparo. Trato de que la persona pase primero. Una ráfaga de cápsulas de veinte milímetros rocía mi territorio, mientras la persona mantiene la puerta esta vez, haciendo un gesto para que YO pase.
Me niego, así que mando un regimiento de tanques acorazados e insisto en que se adelante esa persona. Ante su indecisión, tomo voluntad y mando mis tropas a cruzar la línea enemiga: Trato de pasar.
Será por coincidencia, el destino, nunca lo sabré. Pero la cuestión es que sus tropas se encuentran con las mías en un claro cuando tratamos de pasar al mismo tiempo. Ordena la retirada y da un paso atrás. En eso, cuando estoy por cantar victoria, recuerdo a mi novia y vuelvo un paso para dejarla pasar.
Un descuido permite la invasión inesperada: Una cuarta persona se adelanta, más decidida que mi enemigo, y entra al local.
El desenlace es rápido y ridículo. Mi novia y yo nos apretamos en el intento apresurado de salir mientras el desconocido sostiene la puerta.
Salteo un campo minado, y ya estoy fuera de la zona de combates.

Son las guerras de cortesía.
Cuando, en el mundo en que vivimos, se te ocurre tener un gesto cortés, amable, otra persona trata de hacer lo mismo, impidiéndote continuar.
Sucede en todos lados.
Por ejemplo, un cruce de calles. Un automovilista le hace señas a otro para que se adelante, pero éste último se encuentra igualmente cortés e invita al anterior a que cruce primero. Lo que sigue es una ridícula demostración de permisos que lo único que logra es retrasar a los involucrados.

Fíjense:
“¿Te sirvo gaseosa?” “No, dejá, ya me sirvo yo.” “Dejame que te sirva” “No, no hace falta, me sirvo solo” “Dale, te sirvo”… etc, etc…
“¿Te querés sentar? Tomá mi asiento” “No, no importa” “Dale, sentate” “No, está todo bien, me quiero quedar parado” “Tomá” (se para) “No, no quiero, en serio”… (esto probablemente termine con los dos sentados en lugares distintos)
“Pago yo” “No, pago yo” “Dejá, pago YO” “Te digo que quiero pagar”… (Típica)
“¿Querés más?” “No, ya estoy lleno” “Te sirvo un plato más, ¿Dale?” “No, estoy bien, gracias” “No seas tímido, comé” (lo que se llama cortesía en exceso)
Todo, todo el tiempo.

Esas ADORABLES frases obvias

Mi tía me mira después de largos años, y, sorprendida, exclama:
- Qué grande estás!
Mi sonrisa se desvanece pronto para sacar a flote un gesto de desaprobación, que pasa desapercibido ante la emoción de la mujer.
- ¡Cuando te vi eras así de chiquito! – explica, señalando con la mano en el aire, más o menos a la altura de su cintura. Casi sin pensarlo, observo. Y, luego de meditarlo para mis adentros, levanto la mirada, sonrío, y busco otro lugar en la fiesta.

Ya lejos de ella, pienso, más tranquilo. Después de siete años. ¿No sería lógico notar la diferencia entre un muchacho de diez años y uno de diecisiete?. Me respondo. Sí. Sí sería lógico. Tan lógico que es hasta obvio. Pero estúpidamente obvio!!
Claro que se va a notar la diferencia, por favor! Vello facial, decenas de centímetros de altura, expresiones, comportamientos. Incluso es hasta tan obvio, que la aclaración es estúpida.
Supongan: Ponen a su mejor amigo en una habitación, y le dan una pelota roja. Su amigo la mira durante un segundo, y, luego de una reflexión concienzuda, los mira a los ojos y dice:
- Es roja.

Estúpido. Estúpido. Obvio, redundante y estúpido. Claro que la pelota es roja! Se nota en el color! En el color!. Yo, por ejemplo, hubiera dicho: “¿Qué querés?”, o “De qué se trata todo esto, qué querés que haga?”.
Pero el chabón dijo “Es roja.”.
Guau. Totalmente inesperado.
Ahora, volviendo a lo de mi tía, ¿No creen que notar la diferencia de edad y apariencia entre diez y diecisiete años es algo estúpido?
¿Qué puedo decir?
“Sí, crecí.”
“Ahora estoy más grandecito, vio?”
“Sí, no sé qué me pasó. Un día me desperté y era más grande”.

Es obvio que voy a crecer! Soy un ser humano, de carne y hueso, en plena adolescencia! Señoras y señores, observen!!!: He Crecido!!. Guaaauuuu, aplausos, ovaciones, silbidos. Impresionante! Increíble! El chico de diez años que creció hasta los diecisiete! Inigualable, único!!!
Por favor! Así funcionan las cosas! Verde avanzá, Rojo, detenete. Sol, día. Estrellas, noche. Uy, hay estrellas! (Claro, estúpido).

Como en los comics. Los personajes suelen aclarar lo que hacen. Uno pierde la consciencia, y, en una caída que puede llegar a durar media hora, lanzan un monólogo acerca de su desvanecimiento. “Ohh, me desmayo!”, “Pareciera ser que los fluidos mezclados con mi bebida me han adormecido, pierdo el conocimiento, me desvanezco en la oscuridad, ohhh--”

Yo las llamo Frases Obvias.

“¿Qué estás dormida?”, “Sí” (¿?)
“Te vas a mojar si no llevás paraguas” (Por supuesto)
“Qué estás haciendo??!!” (Qué no ves??!!)
“Fuiste vos el que tiró la gaseosa?” “No sé.” (respuesta obvia omitida, es una variante)
“Qué día es hoy?”. “Domingo”. “Ta loco, ya es domingo?” (Sí, es lo que te acabo de decir!!)
“A las una vine aquí y son las tres. Hace como dos horas que te estoy esperando” (SON dos horas, no son COMO dos horas, amiga)
“Subamos arriba” “Bajemos abajo” “Entremos adentro” “Salgamos afuera”
“La hija de mi papá, o sea, mi hermana…”
(Te estás escuchando?)
“Perdí los anteojos” “Adonde?”
“Me robaron.” “Quién?”
“Te cortaste el pelo?”
(No, pasa que los jueves 13 se me des-crece)
“Ahh, viniste!” (Error, soy un efecto óptico)
Y otras. Tantas otras. Fíjense, las dicen a cada rato. Todo el tiempo.

26 de marzo de 2007

Como si fuese lo que mas quieren en la vida, que mierda les pasa?

Situación: Salimos a tomar un helado.
Clima: Lluvioso.
Horario: Son más o menos las 18:30.

¿De qué se trata todo esto?
Estaba en la casa de un amigo. Amigo? Sí, amigo, eso dije. Amigazo. Qué amigote que es. Resulta que le propongo que vayamos a tomar un helado a Blue Bell. Por razones de privacidad y leyes de Copyright y demás pelotudeces, voy a cambiar los nombres. Yo soy Miguel y el otro se llama Lex Luthor.
De pronto me dice que sí, que vayamos a tomar el bendito helado. Yo me había quedado a dormir en su casa, y no había llevado un abrigo. Entonces le pido uno prestado, y me entrega un buzo. Sí, se llama Lex Luthor.
Miro el buzo que me entrega en mano, y sospechando lo peor, le pregunto "¿Esto es tuyo?", a lo que agrego "Nunca te vi usando esto.". Lex lo mira y se da cuenta de que se encontraba en un error, el buzo no era suyo, era de su hermano, Clark. Entonces lo guarda, y, tras una exhaustiva búsqueda, me entrega una segunda prenda, esta vez, de su pertenencia.
Observo el abrigo detenidamente. se trata de un canguro rojo con las palabras "Hang Loose" en el centro del pecho. Me lo pruebo. Me queda. Le pregunto, esta vez parodiandome a mí mismo, "¿Esto es tuyo?". Me contesta que sí, pero que en realidad sólo lo había usado una vez, porque al tiempo de haberlo utilizado, se había dado cuenta que no le gustaba en realidad. Es más, que lo odiaba. Que lo habían obligado. Pobre Lex.

Así, con el dichoso buzo sobre mi cuerpo, nos aventuramos a la intemperie, en búsqueda del local de cremas heladas. A mitad de camino me viene a la cabeza una celestial idea, quizá hasta psíquica. Se me ocurre lo siguiente: Si el chabon tiene el buzo desde no sabe cuándo, no le gusta, no lo quiere, quizá, sólo quizá, en el mejor, y el más posible de los casos, pueda regalármelo. A mí me gustaba. Yo, Miguel, uno de los mejores amigos de Lex, pensé que desprenderse de una prenda que ya ni recordaba no supondría un gran sufrimiento, sabiendo que su destino final sería de mi posesión.
El final de esta historia es triste. El chabón Lex me dijo que no le gustaba regalar cosas. Y yo lo molesté un poco más, pero no fue suficiente. Su hermano, Clark, me dijo que tal vez lo vendería a $5. Pero Lex no. Y Lex, embarando aún más su generosidad, agregó que en base a esta situación, comenzaría a utilizar el dichoso canguro.
Ahora, yo me pregunto: Si no le gustaba el buzo... Si no lo quería... ¿Para que conservarlo?. En el caso de venderlo... ¿El dinero no debería llegar a sus padres, los verdaderos acreedores de la prenda invernal?. Y ahora, al final, lo mejor. Ya sabemos que el buzo no era de su agrado. Sabemos también que yo, Miguel, era uno de sus mejores amigos. ¿Valía más ese buzo que mi fiel amistad? ¿Lo valía?
En qué piensan los Luthors? Por qué tratan sus pertencias, por más innecesarias e inútiles que sean, cómo si fuesen lo que más quieren en la vida? Que mierda les pasa?

Para pensar, che.

17 de marzo de 2007

Mutantes, dementes y adolescentes

Buenas, muchachos. Vuelvo a estos parajes luego de un desvío vago y oscuro que me mantuvo del otro lado del umbral de la cueva por mucho tiempo.
Y vuelvo para comentarles que... ¡¡tengo poderes mentales!!

Bueno, no es tan así. La verdad es que a veces me vienen lo que yo llamo "Golpes premonitorios", que no son cosas a lo sueños de anakin, o visiones espantosas de un apocalipsis inevitable. En realidad creo que son sensasiones precisas que luego se vuelven realidad en una situación, como un dèja vú, pero más grosso.

Ejemplo:
1) Durante tres meses no había visto a una amiga, Rossana. Yo le pido disculpas, pero como no éramos tan amigos entonces, no me había acordado de ella durante ese tiempo. Eran las vacaciones, y no había tenido contacto con ella. Sin embargo, una noche soñé con ella, y cuando desperté, acordándome del sueño, no podía entender por qué, y me acordé de que no la había visto en los últimos meses y que había perdido contacto con ella. ese mismo día me la encontré en la casa de un amigo, sin tener idea de que iba a ir. ¿Coincidencia?

2)Iba caminando por el centro. Tranquilo. De pronto me acuero de que le habìa dejado un mensaje a Leandro en el foro, y me hubiera gustado saber que diría. De repente me tocan la espalda y me dicen: "Santiago!". Era él, Leandro. usto había pensado en él y aparece detrás mío. Que loco, o no?

3)Un buen día me acordé de una película que había visto por última vez casi... diez años atrás. Había una escena, en el final, que me había quedado grabada en la memoria.
Ese día regreso a mi casa a las 22:30, me acerco a la televisión que estaba encendida, y estaban pasando esa película. Y no sólo eso, además de ser esa misma película, era exactamente la misma escena que yo recordaba. Justo la parte, ni un segundo más, ni uno menos.

4)Llega un amigo de un tour por Europa. Todos lo estamos esperando en el aeropuerto. De pronto Fede se me acerca y me dice: "Dibujalo a Mariano bajando del avión, y todos lo estamos esperando". Me parece interesante la idea, así que me siento en el suelo, saco la carpeta y me pongo a dibujar. Luego Fede se me acerca y me pregunta. "Por qué lo dibujás vestido con traje de vestir?". Le contesto que no sé, que por que sí.
Cuando Mariano bajó del avión, vestía traje.

Hubieron otras, pero mucho menores y mucho más simples. De todas manreas, premonitorias. ¿Ustedes que opinan?

26 de mayo de 2006

Se dice: REGALAME UNA HOJA

¿Vieron que cuando uno pide prestada una hoja nunca la devuelve? Sí, me refiero a esas veces que hay una prueba sorpresa, y nunca falta el tipo que se quedó sin hojas, que, ni bien la profesora dice “Prueba sorpresa, chicos”, y en conjunto con las quejas y los desesperados “no, por favor”, el sujeto propiamente dicho exclama, en un tono lo suficientemente apropiado como para que todo el curso lo oiga, alimentando en gran manera las posibilidades de escuchar una respuesta positiva, “¿¡Alguien me presta una hoja!?”.
Por supuesto (a su vez) nunca falta el sujeto (o sujeto femenino), que responde afirmativamente, extendiéndole una hoja rayada sin uso al damnificado. Éste, en cuestión de protocolo, responde “Gracias”, sin mirar a los ojos de su donante siquiera.
¿Debe esperar ese enviado de Dios recibir su hoja en algún supuesto futuro? Y, según el diccionario, prestar es... (Del latín praestãre), Entregar algo mediante obligación de que sea devuelto. Si mi léxico no me engaña, devolver significa... (Del latín devolvére), Volver una cosa o situación al estado que tenía, o, en todo caso, restituirla a la persona que la poseía.
Y, si hacemos los cálculos correspondientes, “prestar una hoja” significa que el interesado debe devolver dicha hoja al propietario original. Éste, como dueño o contador de un banco, espera que cada persona que pide un préstamo termine pagándolo en las correspondientes (e interminables) cuotas, con el así mismo correspondiente 60 %. El problema incide en que no existe documento que diga que “En la prueba sorpresa de Lengua y Literatura, dictada por la profesora Algarroba, la institución dividió una parte de su block para la satisfacción del interesado, Pepito Ramone, sujeto que procederá a la devolución de la cantidad pactada en 84 cuotas y media, con un interés del 60 %”, y menos que esté firmada por la institución y Pepito. De todas maneras, aunque existiera, Pepito debería conocer las precisas medidas y el volumen de la pieza de papel, para poder dividirla en 84 y media partes, y además usar una hoja propia para añadir el 60 %. Pepito, al encontrarse en tal situación, decide ir y jugar una ruleta rusa, porque cree que con eso, ya vio todo en su vida.
Pero existen los otros Pepitos. Sí, esos rojos con cuernos, tridente y cola puntiaguda. Los Pepitos que son malos. Lamentablemente todos nosotros somos Pepitos malos. Pero si llegaron hasta acá se estarán preguntando “¿Qué tiene de malo ser un Pepito malo?... ¿Tan malo es?”. Y la respuesta es, señoras y señores, sí. Es muy malo. El Pepito malo se va a vivir a una isla del caribe, abre una cuenta en una de las islas caimán, le compra cocaína a los Colombianos, engaña a su mujer, se roba un Banco Río y toma el té con la Reina de Inglaterra. Y, lo peor de todo, nunca devuelve la hoja. Claro que, como la mayoría de las personas, los que prestan la hoja son también Pepitos malos y tampoco les interesa que le devuelvan la hoja; razón por la cual nunca la exigen de vuelta ni firman un documento absurdo. Pero no acaba ahí. Si un Pepito (Santo sea el poder de Dios) trata de devolverle la hoja al prestamista, le van a decir “No seas boludo, es una hoja nomás”.
Mi pregunta es... ¡¡¿¿ PARA QUÉ MIERDA DICEN QUE PRESTAN UNA HOJA SI NUNCA SE LA VAN A DEVOLVER??!! Y, de la misma manera, ¡¡¿¿PARA QUÉ CARAJO PIDEN PRESTADA UNA HOJA, SI NUNCA, por el amor de Dios, LA VAN A DEVOLVER??!! ¡¡¿¿ÉH??!! ....

... manga de pepitos...